Así recluta la CIA y Mossad a Beto Coral sin que él lo sepa
El método que convierte a un activista en ficha política manipulable sin que él lo note
En el tablero del poder global, la inteligencia no siempre opera con integridad. La CIA y el Mossad han perfeccionado el arte de reclutar activistas sin que estos lo perciban. Arrogantes, extremistas, fáciles de manipular y hambrientos de validación digital: ese es el caldo de cultivo ideal para convertirse en futuras fichas. Así está sucediendo ahora con Beto Coral.
El origen de una figura impuesta
Hace apenas unos años, nadie conocía a Beto Coral. En el 2002, tuvo 16 años de edad cuando yo descrubrí y denuncié la infiltración paramilitar en el Estado. Su único asidero a la fama era su apellido: es el hijo huérfano de Humberto Coral Caballero, uno de los miembros del Bloque de Búsqueda que participó en la caída de Pablo Escobar. Para muchos colombianos, ese mérito fue suficiente para elevar al padre a la categoría de héroe. Pero lo que pocos saben es que la furia del Bloque de Búsqueda no nació de un afán patriótico, sino de una reacción visceral: Escobar comenzó a asesinar policías, y el Bloque respondió con métodos que poco tenían que ver con la ley. Muchos de sus integrantes mantenían vínculos con paramilitares, participaban en instalación de artefactos explosivos, asesinatos selectivos y desapariciones forzadas.
Beto creció a la sombra de esa narrativa, y fue moldeado por quienes vieron en él una oportunidad.
Adoctrinamiento y visibilidad
El ascenso mediático de Beto Coral no fue espontáneo. En mi criterio, detrás de su visibilidad están dos figuras clave: el periodista Daniel Coronell y el periodista Gonzalo Guillén. Ambos han sido señalados por su cercanía con intereses foráneos —Coronell, a través de la National Endowment for Democracy (NED), financiada por la CIA, y Guillén, por su histórica sumisión a la agenda de Washington—. Fueron ellos quienes adoctrinaron al joven huérfano, le dieron plataforma y lo convirtieron en un rostro conocido. La audiencia, movida por compasión, comenzó a seguir su causa.
Pero la popularidad alimentó su soberbia. Beto empezó a atacar a cualquiera que destacara en redes, sin importar su trayectoria. Y así fue como el destino puso en su camino a quien les escribe: un investigador colombiano exiliado en Canadá desde 2002, que tras denunciar la infiltración paramilitar en el Estado y recibir amenazas de muerte, encontró refugio en Norteamérica con un acuerdo claro con la Embajada de Canadá: seguiría denunciando desde fuera, sin abandonar la lucha.
El giro cruel: del ataque a la cooperación
Durante estos 23 años en el exilio, he mantenido con persistencia mi labor investigativa cuando apareció Beto Coral en mis redes para cuestionarme. Sin pruebas, me tildó de estafador, sembró dudas entre mis donantes y atacó mi credibilidad. Incluso Daniel Mendoza salió a defenderme públicamente hace algunos años, pero Beto persistió. Aunque en una transmisión en vivo reconoció que no era un estafador, a mis espaldas seguía repitiendo la acusación.
Pese al agravio, mi equipo de investigación y yo decidimos tenderle la mano. Conmovidos por su juventud e inexperiencia, le ofrecimos acceso a una línea de investigación delicada: los verdaderos responsables del asesinato de su padre. La condición fue clara: no grabar, no exponer a la fuente. Beto aceptó, pero actuó con irresponsabilidad. Grabó la conversación, hizo pública la voz de la fuente, sin distorsionar el audio al menos para proteger a la fuente, sin autorización y provocó una filtración que permitió a la mafia identificar al testigo. Días después, un familiar de la fuente fue asesinado.
Beto, con más seguidores que yo, ocultó ese hecho. Sus miles de seguidores jamás supieron de aquella muerte que él desencadenó.
La trampa mediática y política
Hoy, Beto Coral está en la mira internacional. The New York Times, medio que ha sido señalado por alinearse con intereses de inteligencia estadounidense, lo presenta como un activista perseguido por ejercer la libertad de expresión. Pero la narrativa oculta un hecho que yo mismo denuncié: el 26 de junio de 2024, informé públicamente sobre el asesinato del familiar de la fuente, y señalé directamente a Beto Coral como responsable de dicho asesinato.
La aparición de Marco Rubio, Secretario de Estado, en este escenario no es casual en mi análisis. Su decisión de poner a Beto Coral en el ojo del huracán político y migratorio encaja perfectamente con una estrategia de inteligencia: someterlo a tensión psicológica —encierro, frío, soledad— para que, cuando los “manipuladores” de la CIA o el Mossad aparezcan como salvadores, Beto esté listo para ser reclutado sin siquiera saberlo.
La jugada maestra: un presidente en el bolsillo
Lo que viene, desde mi perspectiva, es previsible. Si Beto regresa a Colombia, será ungido como una celebridad política. La izquierda lo adoptará como símbolo, y sus seguidores empezarán a verlo como un futuro presidente. Y ahí es donde la inteligencia extranjera habrá logrado su objetivo: tener a un líder de izquierda dentro del bolsillo, fácil de manipular, con pecados cometidos en suelo estadounidense que podrían ser usados para extorsionarlo.
No sería un caso aislado. La historia reciente de Honduras, con el expresidente Juan Orlando Hernández, muestra que EE.UU. tiene el poder de encarcelar o liberar según su conveniencia. Y en Colombia, figuras como Abelardo de la Espriella, Iván Duque y Álvaro Uribe Vélez han sido señaladas por sus vínculos con el narcotráfico, sin que eso haya impedido su ascenso al poder. En todos los casos, los medios prepago construyeron narrativas favorables que ocultaron su historial.
El cerebro del Mossad
El Mossad, por su parte, juega un papel similar. No es nuevo que esta agencia haya manipulado a mandatarios para tomar decisiones geopolíticas. El Mossad convenció a Trump de que Irán estaba detrás del intento de asesinato en su contra, lo que llevó al bombardeo de territorio iraní. Trump actuó sin saber que había sido manipulado. Beto Coral, si no despierta a tiempo, será manipulado de la misma forma.
Una invitación a la conciencia crítica
Por eso, esta no es solo una crónica sobre un joven activista. Es una advertencia que hago a los colombianos: no elijan al más famoso, sino al que ha demostrado con obras verificables su capacidad de gobernar para todos. Pregunten: ¿qué obra concreta y beneficiosa para el país realizaron Abelardo de la Espriella, Iván Duque o Álvaro Uribe antes de ser candidatos? La respuesta, según mis investigaciones, es contundente: ninguna. Pero la desinformación mediática, el fraude electoral, la corrupción y el narcotráfico los llevó al poder.
Hoy, el ciclo amenaza con repetirse con Beto Coral. No coman entero. Analicen, verifiquen y decidan con criterio. La inteligencia sin integridad es peligrosa, pero la ciudadanía informada es su mejor antídoto.
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